¡Cuchame!
Acá los saluda Fabrizio (Fabri para los amigos). Soy una de esas almas errantes modelo Siglo XX forjadas en el XXI. Nací en Buenos Aires a mitad de los ‘80 en el seno de una típica familia argentina de clase media: mamá de raíces italianas, papá mitad gallego, mitad soviético (bueno, esto último no es tan típico, debo reconocer). En el ADN, está claro, estaba el espíritu nómade.
Para colmo, cuando mis viejos juntaban unos pesos, se daban su capricho favorito: salir de viaje. Cuando el viento soplaba a favor en los convulsionados ‘90, se podía ir afuera y hacer alarde de la ilusión cambiaría (un peso, un dólar), pero si tocaban épocas de vacas flacas, cualquier destino local estaba bien con tal de salir un poco del mundanal ruido de las calles porteñas: Argentina en sí es un mundo para recorrer y doy gracias a mis viejos por esas infinitas horas arriba del coche recorriendo esas poco seguras rutas argentinas que conectan con lugares increíbles.
Todo muy lindo, ¿no?
Peeeeero…. ¡Argentina! 2001, corralito, Racing campeón, en fin: ¡todo a la mierda! A mediados de 2002, haciendo un esfuerzo sobrehumano salí de viaje “por última vez”. Sería una última vez que de última tendría poco, visto en perspectiva, pero que en su momento duró mucho tiempo en condición de última.
En 2002, yo tenía 17 años, estaba en el último año de secundaria y no me imaginaba que durante muuuucho tiempo viajar se iba a convertir más en un anhelo alimentado por los recuerdos que una posibilidad real.
Así pasaron varios años en los que salir de Buenos Aires significaba ir a algún destino de la costa Atlántica, generalmente Valeria del Mar. ¡Hubo excepciones! La siempre fiel Mar del Plata o la nostálgica Necochea (lugar donde veraneé durante doce años), un sábado en San Antonio de Areco y una inolvidable experiencia como mochilero viajando a Chilecito (provincia de La Rioja) para presenciar la avant premiere del documental que unas amigas estrenaban in situ con motivo de la festividad local: La Chaya.
Lejos había quedado de traspasar la frontera.
Pasaron los años, aparecieron los primeros laburos (desde asistente de una sala de audiovisuales hasta profe de una escuela secundaria, pasando por un cine en el que fui proyectorista y varios emprendimientos bastante fallidos en el mundo del cine) hasta que un día tuve un golpe de suerte: me chocaron el coche. Yo manejaba en ese entonces un Volkswagen Polo modelo ‘97 color rojo que sufrió todos los malos tratos posibles de un dueño que apenas superaba la veintena de vida: lo lavaba cada tres meses, aguantaba sin llevarlo al mecánico hasta que fuera irreversible y lo cargaba hasta que la suspensión suplicaba con sonoros chirridos que no le pusiera más peso. ¡Hasta me lo robaron y lo recuperé! ¡Pobre Polito!
El tema es que a raíz de un choque (bastante menor tengo que decir) logré cobrar un dinero. Por supuesto, la velocidad de las compañías de seguros había hecho que entre el siniestro y el momento de cobrar el dinero hubieran pasado muchos meses (si mal no recuerdo, hasta casi año y medio, tal vez dos) y para ese entonces ya me había acostumbrado a llevar el Polo para todos lados con un bollo en el guardabarros. Así que cuando tuve el dinero en mi mano, me pareció que era mejor idea gastarme ese dinero en otra cosa: un viaje.
El destino, Nueva York. El año, 2009. Habían pasado siete años desde la última vez que había puesto un pie fuera de Argentina así que decidí exprimir cada segundo de ese viaje al máximo. Fueron nueve días de madrugar, caminar, visitar monumentos, ir a museos, dar el capricho de ver dos musicales en Broadway, recorrer los emblemáticos barrios de Manhattan y comer comida chatarra prácticamente a diario.
Cuando volví a Buenos Aires, una idea se instaló en mi cabeza: no voy a volver a esperar siete años para volver a viajar. Para ese entonces, yo compaginaba dos trabajos bastante mal pagados y me había mudado a vivir solo recientemente, es decir, las facturas de la casa corrían por única cuenta de mi bolsillo. Viajar era un horizonte bastante lejano con ese escenario, a menos que algo cambiara. Y eso que cambió fue mi lugar de residencia: decidí ir a vivir al extranjero.
A principios de 2010, puse rumbo a Madrid, ciudad que, debo admitir, no fue la primera en la lista de posibles destinos para vivir. A la capital española llegué por un capricho del destino o, más bien, por un proceso de eliminación.
La primera en la lista era Nueva York. Manhattan me había obnubilado. A un urbanita como yo, amante del cine, los museos y los teatros, la Gran Manzana le parecía una utopía hecha realidad. Sin embargo, el solo hecho de pensar en la laberíntica burocracia de aplicar a un visado para poder residir en Estados Unidos descartó cualquier incursión neoyorquina.
El segundo lugar en la lista lo ocupaba Italia. Como descendiente de italianos, todavía tengo vínculos muy estrechos con tías, tíos, primas y primos, así que tendría un lugar donde aterrizar al principio. Pero había dos problemas: mi familia vivía (y aún vive) en un pueblo muy pequeño y yo, bicho de ciudad, sabía que iba a necesitar cemento, edificios y asfalto: cambiar Buenos Aires por un tranquilo pueblo del centro de Italia iba a llenar mi vida de un silencio que no estaba seguro de poder soportar.
El segundo problema el idioma. Por ese entonces, yo estaba en pareja con una chica que no hablaba italiano y sabía que imponerle el pueblo de mi familia como destino le iba a limitar mucho sus posibilidades laborales. Así que Italia se cayó también de la lista.
Así que con el idioma como referente, España se impuso. Y cuando establecimos el país, inmediatamente surgió EL CLÁSICO: ¿Madrid o Barcelona? Debo confesar que mi primera elección fue Barcelona. Yo tenía ganas de intentar buscarme la vida en el mundillo audiovisual y creía que Barcelona tendría un tirón cultural un poco más grande que Madrid (prejuicios infundados que con el tiempo se fueron desmoronando). Pero otra vez surgió el mismo problema que con Italia: el idioma. Yo ya había tenido la suerte de estar en Barcelona unos cuantos años antes, en concreto, en 1999 y en mi memoria de adolescente quedó grabado ese “español un tanto raro” que hablaban por ahí. Ese español un tanto raro, no era ni español, sino que era simplemente catalán. Me pregunté si para conseguir un trabajo sería indispensable dominar dicha lengua. A priori, creí que sí (otra creencia sin fundamento alguno). Todo esto sumado a que Madrid es una urbe más grande (y monstruosa) que Barcelona hizo que finalmente me decantara por la capital: pensé en la sencilla ecuación “ciudad más grande = más oportunidades de trabajo”.
Como ven, las posibilidades de encontrar trabajo fueron una de las condicionantes más grandes a la hora de elegir una ciudad donde vivir y no era para menos: estamos hablando de 2010, año en el que las economías de muchos países se caían como consecuencia de la crisis de 2008. España no era la excepción, sino, más bien, uno de los casos más cabales de la debacle.
Así fue que en marzo de 2010, terminé recalando en Madrid con dos maletas, algo de dinero que había juntado (principalmente de la venta de aquel Polo ‘97 que al poco tiempo terminó fundido en manos de su nuevo dueño) y con la ilusión de conocer nuevos lugares.
Sabía que había posibilidades de fracasar en el intento: de comerme todos mis ahorros en tres meses sin encontrar trabajo y tener que volver a Argentina. Así que lo primero que hice fue ejecutar un anticipo de mi plan B: en vez de establecerme en Madrid apenas llegué, decidí hacer un viaje en tren por Europa durante un mes. De ese modo, si las cosas salían mal y tenía que volver a Buenos Aires al cabo de unos pocos meses, por lo menos me llevaría la experiencia de haber recorrido el viejo continente.
Fue una de las experiencias más enriquecedoras de toda mi vida: estuve en ocho países en menos de un mes, visité casi todos los grandes monumentos europeos, me volví a dar el capricho de ver un musical al estilo Broadway (esta vez en Londres) y hasta hubo tiempo para pasar con mi familia italiana al final del viaje.
A finales de abril de 2010, nos despedimos de mis tíos y mis primos y nos pusimos rumbo a Madrid. ¿Y entonces qué?
Entonces empezaba el desafío de asentarnos, buscarnos la vida y sacarle partido a vivir en una ciudad muy a mano de lugares interesantísimos para visitar y de una moneda mucho más fuerte que el peso para que el horizonte de viajar no sea un imposible. Y, en líneas generales, salió bien, porque diez años más tarde sigo por acá (España) sintiéndome un afortunado de poder haber replicado esas experiencias increíbles que viví en Nueva York en 2009 y en Europa en 2010, pero en muchos otras partes del mundo, de la mano de grandes compañeros de ruta (aunque muchas veces también solo) alimentando siempre esa curiosidad por ir más allá de la última frontera a la que pude llegar.
My Way no es el primer blog de viaje que tengo. Apenas me establecí en Madrid, comencé a escribir uQbari, un proyecto que me llenó de satisfacciones y que me acercó a una importante comunidad de viajeros. Sin embargo, por ese entonces yo me ganaba la vida escribiendo en páginas de internet y ahora lo hago de la mano del turismo (soy guía y tour leader), así que ese blog quedó en un pasado no muy remoto en el que mi pasión y mi profesión iban por carriles separados.
Hoy, mi trabajo y mis ganas de viajar son parte de un mismo universo. Por eso creí que, si quería volver a volcar mis experiencias viajeras en una página web, tendría que hacerlo desde otro lado y con un enfoque diferente. Así nace My Way: con ganas de compartir vivencias y de contagiar a otros la pasión por viajar, al mismo tiempo que brindando información útil para todo aquel que esté por armar la maleta para partir.
¡Espero encontrarlos en el camino!